Nunca quise renunciar a ser jazmín.
Quise renunciar
a todo lo que, por ser jazmín,
se esperaba de mí.
Nunca quise "no cuidar, ni amamantar".
Quise elegir en qué fuente depositar
mis peces.
Aunque los peces no tuviesen otro destino
que el río, y después el mar.
Nunca quise quitar el rosa,
ni el violeta, ni el naranja,
de mi vida.
Quise que se me llamara por mi nombre,
el mismo que supe amar desde pequeña.
(Hasta que llegaron los matices,
y las balas, y los campos).
Nunca quise, además, (vale decirlo),
confundir a los buscadores de ilusiones,
ni a los felices.
Quise darle a la alegría
su cuota de Filosofía,
y después echar a andar,
por caminos solitarios.
Que nunca quise caminar sola.
Pero no había quién, ni quiénes,
sostuvieran mi pellejo
cuando yo no podía ni hacerlo.
Pero un día llegó un jardinero.
Y me dió agua, sol y viento.
Dijo las dos palabras mágicas
y nada, en mí, se apartó de aquel momento.
Supe, desde entonces, que era amada
y elegida,
de la A a la Z y desde el cero al infinito.
Aunque no fuese un jazmín perfecto.
Ni cuidase lo que los jazmines cuidan.
Y siguiese confundiendo a los
buscadores de ilusiones y a los felices,
con preguntas o exclamaciones,
salidas, por completo, de contexto.
Entonces... ¡¿Para qué decir
"por qué no me muero"?
¡Si bailé la salamanca!
¡Cuando en vos yo ví el saludo!
No hace falta que te apenes, ni que llores
por la hipnosis.
¡Si es el trazo quien decide los discursos!
¡Y es por eso que hay fragancia en el quebranto!
(...) Porque vuelve, como un rayo,
lo sembrado.
Y es total el brillo etéreo
de las alas. (...)
🖊️ Agustina Ferrrand
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