Para mí la poesía siempre fue un acto de amor propio, pero también empezó a ser un acto de servicio. Sí, de servicio. Y las redes sociales, bien o mal, las herramientas "a través de las cuales yo podía llegar a".
Hay que ser sinceros. Casi nadie compra libros. Pero todos sí tenemos los ojos puestos en el celular. Esto me interpela demasiado porque de hecho es cierto que más que un celular lo que anida en nuestras manos es una computadora portátil. Impensado para los nacidos allá tiempo y allá lejos.
¿A dónde voy con todo esto?
A que hoy podemos decir, sin balbuceos: LA POESÍA ESTÁ EN TODOS LADOS. Ya no es de algunos pocos. Se come con el pan de la mañana y se bebe con el mate, o el vino, de la noche.
Pagamos internet para tener todos sus beneficios, entre ellos los poemas que caen desde todas las nubes. ¡Y eso es maravilloso! (Ojalá se mantenga en el tiempo. Y ojalá además, por encima de todo, sigamos teniendo un Estado Presente. Que nos contenga y no nos desampare).
¿Por qué digo esto? Porque hoy prefiero ahorrarme suposiciones que me anudan y apostar a la verdad (para desatarme):
A los 22 años me diagnosticaron F20 -que, por cierto, es hereditaria y también otras hierbas- y desde ahí todo fue remarla entre inyecciones, ingresos al hospital, egresos irresponsables y pastillas. Pasé 2, 3 años trabajando de canillita (la que vende diarios en bici, para los que no saben) y 11 años (por chirolas) trabajando en Mc Donald's (la que transpira haciendo hamburguesas y limpiando inodoros, para los que harto-entienden de anarco-capitalismo).
Hasta que mi gerenta principal, la Srta. Danisa, me apretó de muy mala manera en su oficina.
Claro, ya no les era funcional. ¿El mejor trapo de piso? Un poroto al lado mío.
De ahí salí con la sensación de que no podía volver más. Me asusté tanto con su "apriete" que no supe qué hacer. Estuve más de un año vendiendo mis productos y servicios en la calle, con el riesgo enorme que implica hacerlo siendo mujer. Subrayo esto “con el riesgo enorme que implica hacerlo siendo mujer”.
Aprendí lo que es ofrecer poemas en bares, colectivos, plazas, esquinas y antros. Y, a decir verdad, no es el mejor lugar para estar. Los policías te piden que te retires, en el mejor de los casos. De lo contrario te revisan todo lo tuyo. Los nervios están ahí al pie del cañón y ves que todos tienen estabilidad menos vos. No es lindo. Pero cuando es lo único que podés hacer es lo único que hay.
Sin saber que podía habitar una realidad mejor, y al filo de la desesperación que implica no saber para dónde ir, hubo una vez una persona buena en mi camino que me dijo "Pero Agustina, vos no merecés vivir así, hay alternativas". Entre ellas la de recibir una pensión. Llena de culpa, como la culpa que cargo hasta el día de hoy, claramente accedí a tramitarla.
Tuve que esperar bastante pero el día del "okey, es tu derecho" llegó.
A partir de ese día (gobierno de Alberto Fernández) fue como vivir en un sueño. Nunca había tenido suficiente dinero para alimentarme, ¡mi heladera explotaba de bellezas! Y encima podía pagar la luz, el teléfono y el wifi.
Hoy, por cierto, ya no todo es tan digno (gobierno de Javier Milei) porque "comer" lo que se dice "comer" como lo mínimo. Las pensiones nunca estuvieron a la altura de la inflación. Se mide cada centavo. Se invierte poco. Se cancela mucho. Y a la noche, como tantos otros, me quedo contando y leyendo estrellas hasta caer rendida. Rendida que no estoy casi nunca porque no hay manera de que no me considere "poeta de guardia". Entonces preparo las lapiceras o fibrones y arremeto contra el viento, las pestes, el tiempo... y me creo capaz - ¡enorme ángel o pobre diabla!- de marcar la diferencia desde éste lugar al que llamo "casa".
Hace poco leí que el tabú de nuestros tiempos ya no es el sexo, sino el dinero. Nadie, ni por mucho que lo intentes, "se anima a decir" cuánto gana. O lo que es aún más extraño: nadie, por mucho que lo intentes, sale a decir cómo o de dónde consigue su plata. Bueno, yo hoy quiero romper con ese patrón macabro, llegar a la cúspide de mi honestidad brutal y -sin intención de ser bruta, sino de sentirme más genuina y real- decirles a quienes valoran mi poesía o mi arte: sí, hermano, gano igual o menos que un abuelo en Argentina, gracias a "aquella buena persona" que me dijo "hay alternativas".
Y si me preguntás un poco más te diría que sí, me vieron muchos psicólogos y médicos y me hicieron los respectivos test's para comprobar que lo mío es cierto y no soy una embustera o bandida.
¿A quién se le ocurriría mentir con algo tan serio?
¡Que si yo pudiese instalar un drone en mi vida cotidiana para que siga mis pasos lo haría para que me diga si miento!
A todo esto: nunca me quedé quieta, seguí haciendo dibujos y poemas y me puse a estudiar, siempre que pude. Por esto que te decía, en principio, del amor propio y el servicio.
Lo fui tomando, casi de manera milagrosa, como si recibiera una pensión por poeta y yo lo único que tuviese que hacer es no aflojar.
Claramente nunca me ví como una enferma peligrosa, pese a que lo mío es crónico. Y si no cumplo con el tratamiento vuelve el vértigo y el abandono. Sino más bien como alguien "diferente o particular" que tiene que superar "circunstancias puntuales y a veces complejas" mientras viva y respire. Léase: Medicación, Terapia, Inyecciones y Controles Regulares con mi Dra María José que cree, como yo y como muchos, que detrás -o por delante- de la ciencia... anida la fe. Dato no menor, en la recuperación del estado anímico.
Ahora bien: ¿Se puede realmente vivir de ésta manera? ¿Saborear las experiencias? ¿Disfrutar de viajes? ¿Tener amigos? ¿Conocer las montañas y el mar? No lo sé. Hay mucho que he dejado de saber con el tiempo. Sobrevivir, seguro sí. Quizá. ¿Pero vivir? ¿Lo que se dice vivir? Sólo en la imaginación y los poemas. Por eso el ala o el cuerno que arrastro.
🖊️ Agustina Ferrand

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