Tengo 34 años. Vivo en una casa de la que quiero escaparme. No porque sea desagradable. Sino porque siento que ya tengo los ovarios grandes.
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Huir, o dejarla atrás, por el momento no es ninguna posibilidad.
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No digo que no ame a mi madre. Pero somos demasiado opuestas, como para que yo le pueda dar rienda suelta a mis propios gustos o mundos.
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Cuando ella muera, y no es que esté deseando que muera, habrá libros hasta en el baño y jamás me sentiré sola por la falta de alegría. Sabré sembrarla y cosecharla a mi manera.
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Cuando mi perro también muera, y no es que esté deseando que muera, los pisos lucirán mucho más limpios. Mi ropa no tendrá pelos por todas partes, pero sí olor a cigarrillo. Excepto que me ponga de novia con S. y se me vayan las ganas de fumar.
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Es cosa de ángel esperar. Pero es más de ángel sentir que ninguna muerte te arrebata a nadie. Sólo los pone del otro lado incógnita para que te vean desde todos los ángulos. O sea: de tal manera aman tanto los muertos a los vivos que es más fácil ser cuidado y dirigido, en cada paso.
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¿O no, Peluche, que algún día serás un hermano?
🖊️ Agustina Ferrand
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