El pescador llora por un mal de amor, por un hijo que no le habla, por un mensaje que no llega, una charla que no se tuvo, una ausencia que duele y una mujer que ya no extraña; sí, la que empieza a ser una extraña.
También llora por no visitar a su padre. Y ver que su madre envejece y no poder evitarlo.
El pescador tiene bagres y surubíes, pero no tiene besos ni abrazos cuando llega, harto y cansado, y desembarca el espinel de su bici, que por cierto tiene la cadena floja y el manubrio en mal estado.
El pescador tiene muchos motivos para llorar. Pero en su pueblo, todavía, eso no se le permite.
Entonces esconde todo en el baúl de los secretos
Y ahí nomás se queda. Al borde del río. Viendo el fluir hacia el mar. Pescando.
Sabiendo que, fuera del río y de él, ya no hay nada.
Excepto un mundo que le debe dignidad, olor a hogar, y quizá más de una respuesta a sus plegarias.
Esas que él enlaza tan bien a medida que la muerte de peces se convierte en búsqueda, pero también en destino.
"¿Por qué llora el pescador?" pregunta Gustavo.
Por el despegue, no. Por el arribo.
Por la orilla, tampoco. Por lo profundo.
Al pescador le duele lo profundo.
🖊️ Agustina Ferrand
Poema: 🖊️ Gustavo Alberto Tisocco
Libro: 📖 Terrestre

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